
Diego Maquieira es un poeta chileno reconocido por un estilo absolutamente singular dentro del panorama literario nacional. Aunque su producción editorial no es abundante, su obra es profunda, contundente y marcada por una voz poética única. A lo largo de varias décadas ha publicado títulos que han consolidado su figura como un autor de culto: Upsilon (1975), Bombardo (1977), La Tirana (1983), Los Sea Harrier en el firmamento de eclipses: poemas de anticipo (1986), Los Sea Harrier (1993), Annapurna (2013) y, más recientemente, Gramercy Park (2023). En lugar de ceder a la lógica de la sobreproducción, Maquieira ha cultivado una poética del tiempo, de la espera, de la maduración lenta. En una época saturada por el exceso de contenido y la velocidad de consumo, su obra representa una apuesta decidida por la pausa, por lo esencial, por el gesto artístico reflexivo.
El concepto de “tiempo versus creatividad” atraviesa todo el trabajo de Maquieira. Sus libros no se publican según exigencias externas ni estrategias de mercado; emergen cuando deben hacerlo. Publicar, en su caso, no significa simplemente “producir en masa”, sino dar forma a un objeto que debe contener sentido, densidad y un universo. En este sentido, Gramercy Park puede leerse como una bitácora visual-poética en la que conviven imágenes, frases manuscritas, tachaduras, símbolos, restos de archivo y recortes que parecen venir de todas partes: de la literatura, del cine, de la arqueología, de la astronomía, de la historia del arte y de la política. En este libro se traza un recorrido visual que va desde la invención de la rueda hasta un monasterio submarino, pasando por el incendio de una iglesia en Santiago de Chile. Cada elemento, aparentemente disperso, forma parte de una red de conexiones, un sistema constelar que nos invita a pensar el pensamiento mismo: cómo se asocian los recuerdos, cómo se cruzan los saberes, cómo se combinan los restos del pasado en una nueva poética de la imagen.
No se trata de un recorrido superficial. En Gramercy Park, la poesía no aparece únicamente en las palabras, sino también en la imagen, en el trazo, en la composición visual. La palabra y la figura se funden en una especie de dispositivo poético, una superficie donde lo manual —el lápiz, la cinta adhesiva, la tijera— cobra protagonismo frente a lo digital. Maquieira utiliza lo que él mismo denomina un “photoshop manual”: un juego artesanal de edición, montaje, borradura y collage, que permite recomponer sentidos, desordenar estructuras y abrir nuevas posibilidades de lectura. En ese gesto está presente no solo la crítica a la velocidad tecnológica contemporánea, sino también una afirmación de la materia, del trabajo físico, del contacto directo con el soporte.
Un poeta nos da la bienvenida en el monte Aventino, desde donde puede observarse, en la cúpula del Duomo, las composiciones visuales y poéticas de Diego Maquieira. Gramercy Park, editado por D21 Editores, destaca precisamente por su capacidad de experimentar con la imagen y el lenguaje. La obra no está hecha para ser leída linealmente, ni siquiera para ser entendida en un sentido tradicional. Más bien, se trata de un objeto visual que pide ser mirado, recorrido, abierto desde cualquier página. Como el propio Maquieira ha dicho, no es necesario sobreanalizar ni buscar explicaciones profundas: como en el portaaviones —una metáfora recurrente en su obra—, basta con observar, aterrizar y dejarse llevar en un mar sin costas.
Este libro refleja tanto la cultura como la capacidad creativa de Maquieira para absorber conocimiento y transformarlo en una propuesta personalísima. Desde Rimbaud hasta Carla Cordua, pasando por elementos de la cultura popular, filosófica y científica, Maquieira construye un archivo poético vivo, donde cada elemento tiene su lugar en una constelación abierta. El lector puede empezar por cualquier página, quedarse en un detalle o perderse entre capas de significados. No hay jerarquía ni punto de partida obligatorio. La experiencia es fragmentaria, sensorial, poética.
El formato reducido del libro —de bolsillo, casi íntimo— también forma parte de su poética. Como señalaba el propio autor en algunas conversaciones, ese tamaño remite al celular, ese dispositivo que hoy es extensión casi inseparable del cuerpo humano. Sin embargo, Maquieira se niega a usarlo; él sigue escribiendo y editando desde su “portaaviones”, en su isla, desde un tiempo propio que aún habita el siglo XX. Ese anacronismo voluntario no es nostalgia, sino resistencia. En un mundo acelerado, lo suyo es una trinchera poética desde la cual todavía es posible detenerse, mirar, recortar, tachar y recomenzar.
Autora: María Fernanda Pizarro