Contemplación y fugacidad. Sobre el libro «Hubo un viento» de Fiorella Luna Angelini

Mi primer acercamiento a los libros de artista, tanto en su comprensión como en su visualización, fue a través de El poeta anónimo, del artista y poeta Juan Luis Martínez[1]. Su matriz original, un archivador compuesto por fotocopias, rayaduras, pegatinas y recortes, que el autor dejó para que se publicará 20 años después de su muerte, me permitió descubrir una visualidad única en su maqueta. En ella, la disposición de los elementos, las citas y un equilibrado juego de blancos construyen un relato armonioso entre imagen, texto y composición.

Esa misma sensación de exploración y descubrimiento la experimenté al adentrarme en los libros de Diego Maquieira, en específico El Annapurna[2]: obras creadas sin la mediación de un programa digital ni la posibilidad de un «control Z» para corregir errores. En este proceso manual, el error se integraba al desafío creativo, convirtiendo cada página en una obra gráfica en sí misma. Desde entonces, entiendo que los buenos libros de artista requieren tiempo: se conciben, se analizan, se construyen y se deconstruyen hasta llegar finalmente a las manos del lector, quien los observa, los lee y los atesora en su biblioteca.

En nuestras sesiones de trabajo con Fiorella, reflexionábamos sobre el concepto del tiempo. Y no solo en su proceso de creación, sino también en su lectura y experimentación. Diseñar y estructurar un libro implica pensar en su extensión y materialidad, en cómo capturar en papel la esencia de una investigación visual, conceptual, fotográfica, y en cómo traducir la experimentación con biomateriales y tecnología digital sostenible en una experiencia tangible. En esta construcción, se integró también la mirada de Nathalie Goffard, Georgia Stephenson y María Victoria Guzmán a través de sus textos curatoriales.

Quiero citar un fragmento del texto curatorial de María Victoria Guzmán, que sintetiza con precisión la sensación de acompañamiento y contemplación que quisimos trasladar al diseño del libro:

Las fotos, a la altura del ojo, crean la ilusión de estar junto a ella. Recorrer la exposición es como si la acompañáramos en sus caminatas, siguiendo su mirada. […] Es como si nos susurrara: mira.[3]

Esta misma idea guió la concepción del libro. No se trataba solo de plasmar imágenes, sino de construir un relato en el que el lector pudiera detenerse, explorar cada obra y dejarse llevar por el ritmo visual que propone la obra de Fiorella. Como menciona la propia artista:

El título de la exposición -explica Fiorella- es una metáfora a aquellos momentos pasajeros de contemplación del paisaje natural, rural o urbano, del sentimiento ligado al lugar y nuestra búsqueda de identificación con lo pos natural, como plantas y lugares. En éste caso, el título fue pensado en inglés “There was a wind” que parece ser el inicio de un poema o historia, algo que está por suceder, un momento que se devela. Como cuando el viento pasa por la copa de los árboles, moviendo suavemente sus hojas, y luego se acaba.[4]

Esa noción de contemplación y fugacidad se convirtió en un eje central del diseño. Queríamos que cada página transmitiera una sensación de tránsito, de momentos capturados, de una relación dinámica con el paisaje. Me quiero detener en la fotografía análoga, superpuesta en distintos soportes —biomateriales, estructuras metálicas o papel fotográfico—, que revela el ojo pictórico de Fiorella. Al trabajar con un número limitado de imágenes, el fotógrafo debe elegir cuidadosamente la composición, la iluminación y el encuadre. En este proceso, las imperfecciones del film quemado nos conectan con experiencias fragmentadas. Fiorella abraza la imperfección y la pone en evidencia: el resultado final de la fotografía es un misterio hasta que, en la magia del revelado, emergen las luces, el granulado y los detalles que hacen única cada toma. Esta visualidad, traducida en la diagramación del libro, refuerza la conexión entre la obra y su proceso de creación.

El libro se sumerge en el paisaje dialogando con la memoria, la identidad y la relación entre lo humano y lo más-que-humano. El desafío de diseño no era solo documentar la exposición realizada en el MAC[5], sino también transmitir la atmósfera que define el trabajo artístico de Fiorella. La fotografía análoga, como eje central de su obra, se convierte en un hilo conductor con otras disciplinas, como la escultura, la instalación y el video. Por ello, la materialidad del libro, el uso del color verde como nodo de conexión, la composición de las imágenes y el ritmo de la lectura en su formato bilingüe fueron elementos fundamentales en su diagramación de los capítulos.

Durante nuestras conversaciones, el concepto de pausa y tiempo adquirió un valor esencial. Queríamos que las imágenes y los procesos de creación se apreciaran sin prisa, evocando esa suspensión que Fiorella busca generar en su obra. La portada, por su parte, refleja el carácter de tránsito y transformación presente en su trabajo. Al igual que el viento del que habla la muestra, las imágenes dentro del libro aparecen y desaparecen, se superponen y dialogan entre sí, generando una experiencia de lectura tanto visual como conceptual. Más allá de ser un catálogo de la exposición, esta publicación permite comprender el proceso detrás de los biomateriales y la tecnología digital sostenible, resaltando la colaboración entre industria y arte, un tema central en el último capítulo del libro.

La colaboración, entendida como principio fundamental en la construcción de obras, se convirtió en un aspecto clave de este proyecto. El libro no solo se enfoca en el resultado final, sino que también pone en valor el proceso creativo, la experimentación y el camino que lleva a Fiorella a construir su visualidad poética, en la que el territorio y la identidad son ejes centrales.

Quisiera detenerme en dos conceptos fundamentales. El primero es la incorporación de materiales sustentables en respuesta a la crisis medioambiental que estamos viviendo como sociedad, un aspecto que nos obliga a repensar las formas de producción artística, conservación y su relación con los espacios de exhibición. El segundo es la idea de habitar este libro como medio para valorar la búsqueda detrás de estos procesos, en los que la experimentación interdisciplinaria crea nuevas visualizaciones artísticas. Ambos aspectos refuerzan el interés de la artista por la conservación del entorno natural y su exploración de procesos sostenibles en la industria. En las últimas páginas del catálogo, este diálogo entre arte, industria y ciencia se hace evidente, invitando a reflexionar sobre nuevas formas de creación menos agresivas con el medioambiente. Por ello, en nuestras conversaciones con Fiorella, decidimos que la portada debía integrar este proceso, envolviendo el catálogo con biomateriales que reflejaran su esencia.

El libro Hubo un viento no es solo un catálogo sobre la exposición, sino también una invitación a seguir explorando los temas que Fiorella propone: el paisaje como memoria, la fragilidad de lo natural y la tensión entre lo construido y lo efímero. Espero que, al recorrer estas páginas, puedan sentir ese viento que atraviesa su obra y que, de alguna manera, nos invite a contemplar nuestro entorno con una sensibilidad renovada.

María Fernanda Pizarro


[1] Martínez, Juan Luis, 2013 El poeta anónimo, D21 Editores. https://www.d21virtual.cl/2021/03/11/el-poeta-anonimo-de-juan-luis-martinez/
[2] Maquieira, Diego, 2013, El Annapurna, D21 Editores. https://www.d21virtual.cl/2021/03/11/el-annapurna-de-diego-maquieira-2/
[3] Guzmán, María Victoria. Hubo un viento: Una trama de pequeñas ruinas, un archivo personal, un retrato de lo más-que-humano. Texto curatorial.
[4] Saavedra, Julio. Sobre la exposición “Hubo un viento”. Hoja de sala. Museo de Arte Contemporáneo, Facultad de Artes, Universidad de Chile.
[5] Angelini, Luna Fiorella, Hubo un viento, 2024, Museo de Arte Contemporáneo sede Parque Forestal.https://mac.uchile.cl/exposiciones/hubo-un-viento/